sábado, 4 de julio de 2015

Soy el centro del universo



Despierto en brazos de la extraña mujer, ella me mantiene amamantando de su pecho, sobrevivo gracias su generosidad; aquel pezón enorme y rosado me alimenta en mis horas de flaqueza. Es agradable recibir su amor: tierno y protector. Siento su calor sobre mí frágil cuerpo, la dulzura de su naturaleza incondicional. No pronuncia palabra alguna, sus caricias son un laberinto de emociones donde el sentido de la lógica cambia con la puesta en escena del amor que recibo, pero hoy es diferente,  surge una promesa y me pesa en la mente como una condena, algo que jamás es presente: el amor imposible se escapa hacia el infinito. No es mía, no estará  eternamente para mí. Pienso, pero no demasiado, sólo siento: voracidad. Mi boca succiona en todas direcciones, mis labios aprietan su carne con intensidad, mis dientes se clavan en la piel; ella lanza un quejido mientras escurre sangre del borde del pezón, naturalmente, entra en mi boca entremezclado con la leche; trago ambos líquidos; le brotan lágrimas. Me aparta de ella, sólo un momento. A lo lejos, puedo observarla, tal cual es físicamente: una criatura excitante, única y maravillosamente hipnótica, que solloza como humano pero tiene el aspecto de un monstruo de un sólo ojo: es un cíclope. La criatura, intenta inútilmente comunicarse conmigo, busca la cura a la herida en su pecho; intenta exorcizar por medio del lenguaje los demonios que afligen su cuerpo y espíritu; y ante el fracaso y la frustración la poesía se convierte en un amargo veneno, el demiurgo en golem, el amor en víboras con ponzoña que me arrojan lejos de la criatura; pero yo me arrastro hacía ella, gateo hasta llegar a sus pies, entonces vuelve a cogerme entre sus brazos y a darme de amamantar ignorando que mi boca es un agujero negro que devora todo lo que tiene frente, ambos fingimos creer que sacia mi constante estado de hambre. Somos un error inevitable, un profundo y mutuo vacío.