miércoles, 21 de enero de 2015

Después de media noche

En la mañana, justo al momento de abrir los ojos mi naturaleza humana busca el mejor receptor de mi sonrisa, la compañía cálida del sol besa mi horizonte solitario, los ardientes ríos subterráneos de mis venas comienzan a sentirse plenamente satisfechos y vivos, la electricidad me recorre de pies a cabeza; con forme pasa el día me mantengo en la misma postura emocional; como si mi espíritu se tratase del color dentro de alguna pintura, sin dudas, se torna de color rojo intenso. Por la tarde noche mis ojos comienzan a descender hacía mi interior, rumbo al misterioso inconsciente. Mi cerebro no cesa de preguntar, me voy poniendo de color azul, pero todo es tolerable aún... El gran problema es cuando llega la media noche, me pinto de color negro, mis poros aspiran del ambiente un torbellino de recuerdos desterrados, medio hambrientos de mi memoria, entonces admito que las respuestas vienen a mí sin mayor sorpresa.

Mi boca se desprende en busca de palabras, mis manos hurgan vagamente en una búsqueda incesante de reciprocidad, lentamente todo mi cuerpo exige colaborar a desprenderse de mi voluntad, mis cansados pies se enredan entre sí, mis uñas rasgan un poco la piel con caricias, ácidas y dulces a un mismo tiempo, mostrándome así lo que hay dentro de ella: serpientes que nacen de mi espalda y mueren por el sendero desembocado de mi ombligo. Sus escamas cortan los bordes de mi cordura, se llevan consigo la prueba irrefutable: el centro de mis emociones. Sus lenguas besan, acarician, lamen como si de este modo pretendieran llegar a mi alma, al corazón, como si quisiera quedarse ahí, por siempre y devorarme desde adentro, hasta convertirme en su hogar.