viernes, 15 de noviembre de 2013

Narciso maligno


Ahí casi nada era absolutamente real. Nada, más que la obsesiva sensación del narcisismo maligno en su cuerpo, atrapado en su garganta como si fuera una bola de pelusa en una lengua felina, sin poderla tragar o vomitar. Yo,  por mi parte, miraba alrededor de las cuatro paredes que parecían venirse abajo para atraer un poco de la intemperie del mundo y así profanar su intimidad y la de esa habitación, misma en la que la infancia, se utilizaría para jugar un extraño juego de "niño": crear y deshacer todo un universo de plastilina y meterlo en uno de sus bolsillos: casas, carros, libros, estrellas, planetas, árboles, cometas, nubes, personas, títeres, muñecas... Años más tarde, en  la adolescencia y la madurez jugaba al mismo truco,  hacer del resto del mundo a su forma.  Todo lo existente en su imaginario era como un juguete, las ciudades para él eran habitadas por pequeños muñecos de plástico, de papel, de peluche, de trapo hasta de carne y hueso. A la hora de fornicar miraba su reflejo en un espejo, y para poder eyacular se imaginaba a si mismo abrazado de su musculoso cuerpo. Cuando compraba ropa o calzado, hacía sacar a los empleados varios modelos de ambas categorías y con grandes ademanes terminaba por salir de la tienda sin comprar nada. Cierto día nada le pareció igual, la tecnología y la mercadotecnia estaban avanzado a pasos agigantados, de modo que él también se vio atraído por nuevas ideas; una mañana de la edad adulta, apareció un nuevo capricho gigante en su mente: ser como Pigmalión.  Incluso un poco más real, que la leyenda —pensó—.

En otro rubro de su vida, se sentía como de costumbre: el centro del universo. Muchas féminas intentaban cazarlo, mientras fingían ser todas unas expertas, mujeres de mundo pero el falso Pigmalión se percataba de sus carencias y se aprovechaba de la situación, además de que era demasiado habilidoso para la retórica de cualquier índole.  Pero también existían las otras mujeres, las que no aspiraban a su atención, las cuales solían decir que tan sólo con mirarlo se conformaban y que ése era su consuelo por ser las menos agraciadas. —¡Pobres! —Decía entre falsos suspiros y carcajadas ingenuas.

¿Cómo sé todo esto? He aquí la respuesta:  

Para mí el caso de Dorian, mi vecino, era estúpido y vacío, sin embargo, de cierto modo, hasta cierto punto me parecía enigmático, todo ese tiempo compartido solamente con el reflejo de su cuerpo en el agua, el mismo pensamiento desde que era un niño mimado y egoísta y desde que tenía uso de razón: que el mundo era el  tapete donde se podía limpiar los pies al pasar.  Es gracioso que él no se imagine ni en sus peores pesadillas que yo sé un pequeño secreto de su pasado. En lo personal me intrigaba de sobremanera cómo es que impactaba en las demás personas, claro, en ese entonces yo no era capaz de percatarme por qué, ahora sé que de ahí (sino es que desde antes) me interesó estudiar sociología, así que por curiosidad, un poco de actitud espía, junto a lo que muchas personas me contaron como testimonio, supe todo lo que escribo ahora; aunque, por supuesto, como dice el dicho "un día la curiosidad mató al gato". 

Cuando era adolescente, tenía mucho tiempo libre, por eso comencé a darme cuenta de cosas que le sucedían a mis vecinos. Todos los días la familia de Dorian desaparecía desde el amanecer hasta la luz de las primeras estrellas; los padres seguramente pasaban el día atrapados en alguna oficina, mientras su hermana, que en ese momento rondaría los diecisiete, estaba toda la mañana en la escuela y por la tarde vagaba en las calles en compañía de sus amigos; él nunca regresaba a casa hasta unas horas antes de la llegada de sus padres, y, claro, después de darles vida a esas estatuas tan "suyas" que moldeaba a semejanza suya;  casi todos eran chicos varones, pero en especial había uno que se decía era su mejor amigo: Malaquías. Que realmente no era más que una extensión del mismo Dorian, la única diferencia es que éste era más como un camaleón y no un escultor de figuras humanas con aptitudes que por la fuerza eran impuestas por el tiránico Dorian. Una tarde me percaté de que la hermana del falso Pigmalión empezó a llegar más temprano de lo normal. Me pareció un poco raro porque no parecía haber reñido con sus amigos, bueno, en realidad, eso es lo que supuse, pues, el hecho es que ella era una de las chicas de mi clase, pero ese no es el punto. Dos días después a la misma hora —8:15pm— me asomé a la ventana de la cocina para ver lo que encontraba y ahí estaba, de nuevo en el patio trasero, pero yo no alcazaba a ver bien,  y como en la pared de nuestro jardín había algunos huecos, pues la construcción de la barda aún no estaba totalmente reparada y, como era una casa vieja, tenía algunas deficiencias, ahí encontré un lugar donde todo pasaba perfectamente delante de mis ojos. El chiquillo estaba ahí, frotando su propio sexo con la mano y luego contra un espejo, primero lento y luego un poco más a prisa, para finalmente quedar abrazado al reflejo en el espejo. La hermana lo miraba, mientras que Malaquías gemía. 

Quedé perpleja y salí corriendo de mi casa y regresé más tarde a ella de igual forma: corriendo. Mamá había llegado, y como era de esperarse me preguntó: ¿qué quiere ser mi niña cuando sea grande?, sin dudarlo, respondí: "quiero escribir todo lo que veo, siento, pienso, experimento, pero sobre todo del mundo". Mi madre dijo que eso era ser escritor, yo sonreí. Pocos años después los vecinos se mudaron a otra parte. Y no hace mucho alguien me dijo que Dorian por su parte, aún no se casa y conserva la amistad de Malaquías. Dicha persona, cuya identidad no puedo revelar, mencionó que encontró un tanto extraño y excéntrico el diseño de interiores, ya que la enorme casa de Dorian cuenta con gigantes espejos desde uno que está instalando en el techo de la antesala hasta el que está en el baño de la planta baja, porque es demasiado pequeño, y está acomodado a manera de que quienquiera que entre sólo puedan ver sus genitales de frente.