sábado, 12 de octubre de 2013

La historia es la siguiente



Explicaré de nuevo de qué se trata "La historia es la siguiente" y tomando en cuenta que mi tránsito por esta vida errante (jaja) me va llevando hacia la prosa, y considerando que todavía no soy lo suficientemente solvente para hacer lo que me encanta, por mi manía de ser demasiado autocrítica me he propuesto una serie de ejercicios que tienen por objeto "enseñarme" disciplina. Ja.


Desde que salí noté algo hacia el Poniente: un polvo que se hacía humo, un humo que casi es veneno si lo aspiras o se te impregna en los poros: el miedo. Avance entonces hacia el Norte, donde una mariposa moribunda me volvió a encontrar en un parabús; la acogí, la abracé en una hoja de árbol pero fue en vano, de un aleteo se alejo de mí, la seguí, pero su vuelo era débil, no pudo mantener su agonizante cuerpo, de modo que cayó sobre el sucio asfalto; un lugar vulgar donde nadie la veneraría hasta su muerte (como yo), con un altar de fotos y otros cadáveres de lepidópteros, anillos de plata, cajas de madera y metal...  Simplemente la perdí, estaba en mis manos y la deje ir . "Así es esto" me digo mientras me siento un poco intrigada por esa extraña circunstancia, respiré un poco y me resigné. Aunque reflexiva y obsesiva seguí mi camino recordando las sabias palabras que un sueño me susurró: "encuentra tu sombra".

Al día siguiente me encuentro en el mismo parabús, en la banqueta, a mis pies, un anciano indigente barre; la vejez lo tomó desprevenido ("eso ha de ser horrible", pienso) mientras se inclinaba a recoger sus desteñidos guantes como un perpetuo imitador del niño que extraña ser. El anciano usaba unos tenis escolares que fueron blancos, y un suéter que bien pudo tirar a la basura su antiguo dueño cuando se vio al espejo y pensó: “podría estar dándole de martillazos al muro de Berlín con esta porquería puesta”. El diminuto viejo indigente barre, con toda la energía que su cuerpo le permite, sin embargo éste no logra limpiar nada, entonces no sé por qué me recuerda a Cantinflas. La escoba se desplaza casi paralela al suelo, movida de izquierda a derecha y de adelante hacia atrás por el hombre que la sostiene. El cuerpo no descansa ni se apresura: se esmera cuidadosamente. ¿A qué se aferra el indigente? ¿Por qué tanto afán? El viejo no es un trabajador de limpieza; se trata, evidentemente, de alguien que “padece de sus facultades mentales” o como la mayoría de la gente le llamaría "un viejo loco". Pero yo, al menos logré ver, que el indigente barría la afanosa distimia de su alma, puede apreciar el desmedido (aparentemente inútil) afán de La Vida; su enigmática sencillez que infunde ánimo a Los Vivos. Así que no te burles, lector, de la ocurrencia, no te escudes en tu "cordura"; no sabes el precio que pueda tener a los ojos divinos una afanosa limpieza matutina. Porque quizá  no te entristezca la miserable vejez  y vida del falso barrendero, pero quizá algunas manos se compadezca de él y le provea de una módica cantidad de dinero, suficiente para comprar aguardiente en este próximo invierno y así sobrevivir a su terrible crudeza.

En la madrugada de ese día tuve un extraño sueño. Soñé con la despedida de mi segunda casa. Esa casa que alberga todas mis viejas lágrimas, ese antiguo y olvidado pensamiento de regresar a los lugares después con un objetivo (recibir lluvia de miseria), esas paredes que me recuerdan en mi chafa papel de Juana de Arco, en fin... Nunca me iré de ahí. Soñé que caminaba por el CCH Sur e intentaba esconderme de la señora de los dulces, no quería que nadie me reconociera, pero doña Lupe lo hacía e iba detrás de mí y ésta me hacía un regalo "toma, toma esto hijta, son para ti", mientras me extendía unos pendientes muy bonitos, los cuales me colgué por un momento y después los retiré de las orejas, cuando de repente una voz me decía:  “en serio, eres un tigre; mira lo que tienes en vez de manos, son garras”. Y cuando las mire, así era.  Yo me sorprendía y me decía a mí misma en el sueño "despierta, esto es un sueño o estás alucinando". Entonces mi abuela aparecía  y yo le decía que me ayudará, que hiciera algo para que dejará de alucinar. Ella me decía que no era para tanto, que seguramente estaba exagerando. Pero no funcionaba, yo seguía con la intención de despertar y al mismo tiempo tenía una sensación horrible en el cuerpo y en la conciencia: sentía que me estaba perdiendo a mí misma, pero no era como si mi espíritu se escapara en un "viaje astral", sino al revés, como si mi espíritu se estuviera retrayendo hacia el centro de mí, justo en mi pecho; como si mi alma estuviera haciendo “fisión” con mi cuerpo. Justo cuando iba a terminar el proceso y me iba a quedar “desalmada” (ja), desperté, porque mi abuela estaba tocando la puerta del lado de la vigilia.