lunes, 16 de septiembre de 2013

La historia es la siguiente



Es la hora de salida, así que me marcho y nadie lo nota. En realidad nadie nota nada. Eso lo sé; si estoy o no, lo que pasa en rededor; es como la pregunta filosófica que me daba vueltas la cabeza cuando era adolescente: si uno no ve ni escucha el árbol que cae y hace un ruido estrepitoso, ¿existe?. Bien, pues a mí nadie me ve (y así prefiero que sea). Pero en ese momento existí. 

Una mujer con la mirada de niña, se había parado en medio de mi camino con una mirada de terror, como si un camión estuviera a punto de atropellarla, —pero con una voz llena de pasividad— me pidió un lápiz labial, particularmente un labial de tonalidad carmesí, respondí "luego te compro uno sólo para ti", sonrío y respondió "pájaros"; de repente ella se giró. Yo me quede ahí, mirando cómo se acurrucaba junto a un hermoso árbol que estaba junto a ella, era un roble de corteza fina y madura, con ramas que la abrazaban suavemente, como si fueran delicados rizos de cabello alrededor de sus brazos; la esencia de dicho árbol parecía tener ojos vigilantes que cuidaban como felino a la mujer; pero ésta de pronto comenzó a pelear con el árbol y aunque ella estaba tiritando no dejaba de patear los cimientos del roble. Acababa de terminar la lluvia, de modo que la tierra olía a mojada; mi olfato siempre se deleita con este olor, sin embargo en el aire capté que también olía a caramelo y almendra tostada; el aroma provenía del roble Limousin... Esto lo pensaba cuando caminaba hasta ella para ayudarla, pero la misteriosa mujer despertó del sueño de su locura y se percató que abrazaba a un simple árbol y que no había nadie de los presentes con ella. Comenzó a llorar... Yo me detuve, escuché que algunos reían y otros callaban. Sin embargo ella me miraba, no me dijo nada, solo me tocó y salió corriendo. Al día siguiente, por la noche soñé con ella y seguía mirándome y mi nariz percibía olor de almendras.