martes, 10 de septiembre de 2013

La historia es la siguiente



Ja. De ahora en adelante escribiré entradas llamadas: "La historia es la siguiente". Ahí reproduciré lo que aconteció en mi día, semana o mes. A ver qué tal resulta. 

Lo malo de las lluvias que arrecian últimamente los días de septiembre, es que cuando uno sale a las calles te topas con mucho excremento desentubado, en fin, ese hecho no me da tantas ganas de vomitar como la actual situación política de nuestro país y del mundo, la verdad es que la realidad es más nauseabunda, nefasta,  terrorífica, maquiavélica, napoleónica, antrópofaga y violenta que ese cuadro surrealista urbano tercermundista. Lo bueno es que puedes aprovechar para mirar por la ventana de tu auto, casa, etc., (o cualquier lugar que tenga techo para que no te mojes los pies) y contemplar la lluvia como un paisaje platónico, al menos para mí es muy placentero. Como sea, en mi caso, el provecho que obtuve a que la lluvia me hiciera detenerme en un parabús, fue que con tranquilidad leí unos versos de: Mahmud Darwix. Dichos versos me han causado la más hermosa sensación que me ha podido causar -hasta ahora- un poeta: me ha gustado tanto su libro, que no quiero saber nada más de él, ni leerle otras cosas: quiero conservarlo puro y resplandeciente en mi memoria, completamente relumbrante. No quiero, por ahora, tal vez después... He pensado muchas cosas después de leerlo, pero no le atino a tener una certeza absoluta (como muchas cosas) sobre ninguna de ellas, así que prefiero callar mis reflexiones subjetivas  y sólo compartir algunas de las partes de este poema extenso que tanto me impresionó. Antes, sólo diré una cosa al respecto: la poesía no es un ente sin sentido: es el mejor refugio y antídoto que existe ante la cruda y miserable realidad del mundo. 

Nota:  Cuando estaba leyendo los versos, unas pinches personas de un edificio se reventaban música pro de reggeatón y otras mierdas. Alguien, supongo, la señora de la casa, se asomaba por la ventana (también a ella le sirvió la lluvia para chutarse su un popurrí en sonido) con mandil y chanclas. 

He aquí:


Manzana del mar, narciso de mármol, 
mariposa de piedra, Beirut, imagen del alma en el espejo. 
Descripción de la primera mujer, perfume de nubes. 
Beirut, de fatiga y oro, de Alandalús y Damasco. 
Plata, espuma, mandamientos de la tierra en plumas de palomas. 
Muerte de una espiga, exilio de una estrella entre mi amada y yo, Beirut. 
Jamás he oído a mi sangre pronunciar el nombre de una amante que duerme en mi sangre... duerme...

De una lluvia sobre el mar aprendimos el nombre. Y del sabor del otoño y 
las naranjas de los que llegan del Sur, como nuestros antepasados, 
venimos a Beirut para venir a Beirut... 
De lluvia, hemos construido nuestra choza. El viento no corre y
nosotros tampoco. Cual clavo hincado en 
la arcilla, el viento cava nuestro refugio y dormimos como hormigas en sus hormigueros. 
Cantamos en secreto:

                                                  Beirut es nuestra jaima. 
                                                  Beirut es nuestra estrella.

Estamos prisioneros en este tiempo lánguido. 
Los invasores nos entregaron a nuestra gente 
y apenas habíamos mordido la tierra cuando nuestro protector se abatió 
sobre las bodas y el recuerdo. Y repartimos nuestras canciones entre los guardias. 
De un rey en el trono 
a un rey en un féretro. 
Prisioneros en este tiempo lánguido, 
no hemos hallado, casi definitivamente, más que nuestra sangre,
no hemos hallado lo que hace al sultán popular
ni al carcelero afable, 
no hemos hallado nada que muestre nuestra identidad, 
excepto nuestra sangre escalando los muros... 
Cantamos en secreto:

                                                   Beirut es nuestra jaima. 
                                                   Beirut es nuestra estrella.

Ventana abierta al plomo del mar, 
una calle y una moaxaja nos roban. 
Beirut es la imagen de la sombra. 
Más bella que su poema, más sencilla que la charla. 
Nos seduce con mil comienzos abiertos y alfabetos nuevos.

                                                   Beirut es nuestra única jaima. 
                                                   Beirut es nuestra única estrella.

¿Nos hemos tendido en sus sauces para medir unos cuerpos que el mar ha borrado de nuestros cuerpos? 
De nuestros primeros nombres hemos venido a Beirut 
buscando los confines del Sur y un recipiente para el corazón 
derretido... 
¿Nos hemos tendido en las ruinas para pesar el Norte con la medida de las cadenas? 
La sombra se ha inclinado hacia mí, me ha roto y me ha dispersado. 
La sombra se prolonga...