domingo, 1 de septiembre de 2013

Caleidoscopio


He vuelto después de una inmersión profunda en la que pasé de ser una humilde flor sumergida en el liquido soporífero de una taza de té hasta metamorfosiarme (jaja...) en un caracol que avanza lento pero no está inmóvil. En una de esas inmersiones, me fue revelada entre otras cosas una palabra: Paciencia. Entonces entendí. Aquella paciencia mía estaba disuelta, borrada, escupida, rasgada, liberada, fugitiva, corrida... Entonces comencé trepidando por mi cabeza, ¿o debería llamarle cerebro?, en fin, cada noche peleaba conmigo sólo para sentir, pero no sólo sentir como una persona (sub) normal, sino sentir en demasía, pero el órgano se negaba a dejar de hacer lo suyo: pensar y hormiguear mi mente. De algún modo siempre supe reaccionar ante los esfuerzos por los cuales me veía sometida ante estas ideas mías que se me cuelan por la médula y adquieren un segundo esqueleto e intenta encajar en mi piel; todo esto venía -casi siempre- acompañado de periodos de "alucinaciones dormidas", aunque en relevos con la fantasía de la vigilia. Sin embargo siempre estaban quemándome por dentro las imágenes de mi imaginación, me preguntaban algo que nunca podré saber, no por ahora, tal vez nunca: aún no sé por qué regresan esas olas suyas, cándidas y tempestivas, si luego se esfuman cuando me descuido o bajo la guardia, su agua limpia (pero a ratos turbia como mis lágrimas y el cielo) lame mi arena y después vuelve a su asfalto, por qué será que amansa mi pena, si luego disfruta mi llanto. No lo sé...
 
En busca de la paciencia me recosté y entre inhalación y exhalación comencé a caminar por un terreno pantanoso de reiteraciones, contradicciones, aciertos y momentos guardados, estáticos, como una fotografía, pero también luminosos aforismos y centelleantes palabras de amor puro, actos triviales pero junto con actos de poesía, señales y objetos simbólicos y alegóricos. Estando ahí intente desentrañar el misterio entre misterios: una joya partida en varios de pedazos. Al principio no sabía que era realmente lo que encontré, con el transcurrir de los minutos comprendí que era un caleidoscopio; con mucha intriga me atreví a mirar dentro de él, y ahí estaba: yo misma haciendo mordazas, conversaciones, diagramas de batallas, mi conciencia rescatando, guardando, asegurando los sentimientos que se sirven y no le sirven a la memoria para "no dejar perderse entre el mundo", esa aparentemente inútil insistencia humana que se asemeja al liquen que intenta persuadir a la roca de que la vida no es tan pasajera ni tan inocua, al final pude ver mi reflejo sobre los vidrios de colores. Eso fue un alivio catártico. Así que volví con un mucha más paciencia que cuando estaba golpeando como boxeadora en la oscuridad, porque no sabía quién era mi enemigo.