viernes, 26 de julio de 2013

Como el océano



Debajo de la piel tengo rocas, rocas pequeñas que intento hacerles expulsión hacia un nuevo sol sideral. No es incongruente si lo piensan, pues el mundo está hecho de roca. El corazón de muchas personas está hecho una eternidad congelada de roca sólida y dura (algunas tantas también hueca) y a sus ojos ya no  le  escurren lágrimas que atrapan con las palmas de las manos… Se alejan del mundo para mirarlo de lejos con el corazón de montaña que está en las alturas, tan lejos de mí y de todo. Por eso intento por todos los medios la resucitación del corazón que parece muerto y que amaneció bajo un cielo de baldíos de la memoria.

Logro cortar la piel y sacar sólo tres piedras, mientras digo “nunca más quiero tener una dentro”.  Y recuerdo que es similar a  como cuando era niña, yo solía ir al fresno que tenemos en el jardín y hacer marcas en él, creía yo que, era un juego; ahora que lo pienso sólo le provoqué una herida al fresno y ahora ese templo está socavado.   Yo amasijo a la naturaleza,  apilo escombros e intento volver a vivir  fragmentos de una constelación que amo, pero que al mismo tiempo la hermosa constelación no puede   alinearse conmigo, quizá jamás volverá hacerlo... Es verdad eso que dicen, que no hay peor sentimiento que el de perder la "Esperanza".    

Me siento como el océano: profunda y helada. Sin embargo quiero curiosear en el fondo de esa oscuridad, he visto cosas que jamás pensé que habitaban ahí, en rincones inexplorados. Podría ser que un buen día por fin mire  “al quiebre de la estructura” “ese rompimiento” como el tirón en el tendón de Aquiles,  y así pegar la fractura o desgarre;  pero sobre todo aprender a vivir siempre en su cuerpo y mente y también de su cadáver, es muy es necesario aprender eso, a vivir con su cadáver. Digamos que yo quiero estar ahí, porque he entrado para resarcirme... Y es que ahora lo sé  “el destino tiene cara”.


 Mientras tanto la incertidumbre, la espera, la lejanía, el vacío... se asoma a cada rato, y yo deseo nunca más caer con fe ciega en esa cisterna vacía que a ratos tiene   pulso, pero casi siempre está del otro modo... mientras tanto, si me preguntan ¿por qué la falta de fe en futuro? Ya saben la respuesta.

Así llegué a la conclusión en la que puedo comprender la inmortalidad de los que son de roca: porque si una piedra no está viva y sin embargo existe, jamás morirá. Quizá yo también pueda florecer en roca, quizá, tal vez, no lo sé, sólo sé una cosa y es que el destino de una roca es un tanto enigmático (para mí): por su inmovilidad.